Además de asegurar una mayor eficiencia energética, la tecnología LED reduce directa e indirectamente la emisiones de CO2 en la atmósfera, un factor preponderante para alcanzar la sostenibilidad energética, en consonancia con el programa 20-20-20 hasta 2020 de la UE (en la secuencia de las propuestas presentadas por la Comisión Europea de Enero de 2007, todos los Jefes de Estado y de Gobierno se comprometieron a reducir las emisiones de CO2 en la atmósfera, a aumentar la cuota-parte de las energías renovables y a aumentar la eficiencia energética de la UE en por lo menos 20%, hasta 2020), permitiendo a su vez un mayor ahorro financiero.

La tecnología LED está en primera línea en el combate contra la contaminación medioambiental (más allá de los puntos ya comentados, es importante indicar que la tecnología LED no utiliza componentes tóxicos, al contrario de lo que pasa con algunas tecnologías tradicionales usualmente utilizadas, como por ejemplo el mercurio y el sodio alta presión) y reduce el consumo de energía, contribuyendo rotundamente a que las metas acordadas se logren. Dichas metas son ambiciosas pero absolutamente necesarias para que en el futuro podamos vivir en un mundo mejor, más verde y sostenible.

Reducción del consumo energético

La reducción directa del consumo energético es posible puesto que muchos proyectos de iluminación serán antiguos y estarán totalmente desajustados de la realidad actual, utilizando más energía de la necesaria. En relación a los proyectos más recientes, muchas veces mal dimensionados de raíz, sucede lo mismo con frecuencia.

 Factor de mantenimiento (MF- Maintenance factor)

La depreciación de los sistemas de iluminación a lo largo de su tiempo de vida útil es uno de los factores más importantes a tener en consideración en cualquier proyecto luminotécnico y tiene un enorme impacto en el consumo energético. El factor de mantenimiento (MF) cualifica y cuantifica esta depreciación, teniendo en consideración los factores siguientes (este factor incide directamente sobre el flujo inicial):

– La depreciación del flujo luminoso de las lámparas utilizadas (LLMF- Lamp Lumen Maintenance Factor). Esta depreciación está fuertemente condicionada por la temperatura de funcionamiento de la lámpara en el interior de la luminaria y por las condiciones de funcionamiento en términos eléctricos. Cuanto mayor sea la temperatura de funcionamiento y las fluctuaciones de la tensión de alimentación de las lámparas provocadas por las perturbaciones existentes en la red eléctrica, mayor será la depreciación, en consecuencia, menor el factor.

– La tasa de supervivencia de las lámparas utilizadas (LSF- Lamp Survival Factor). Las lámparas tradicionales presentan siempre una tasa de mortalidad (cuando ocurre un fallo catastrófico, la lámpara se desconecta por completo), siendo el tiempo de vida útil de la lámpara medido en función de esta tasa de mortalidad (especificado en el nivel de los 50%). Paralelamente, se considera la depreciación del valor medio del flujo luminoso de toda la instalación, reflejo de esta tasa de mortalidad. Concretamente, cuanto mayor sea la tasa de mortalidad, mayor será la depreciación de este valor medio y, en consecuencia, menor el LSF. En la iluminación, publica, teniendo en cuenta la distribución regular de luminarias, la falta de una de las lámparas provoca la aparición de una región oscura (sin iluminación), lo que corresponde directamente a una reducción del nivel medio del flujo luminoso y, en consecuencia, del nivel de iluminación en el plano. Más grave aún, perjudica gravemente los niveles de uniformidad exigidos por la norma (EN13201-2).

– La depreciación de las luminarias (LMF- Luminaire Maintenance Factor). Este factor es fuertemente condicionado por las condiciones de mantenimiento de las luminarias, principalmente al nivel del sistema óptico. En este sistema se incluye los reflectores y las protecciones a través de los cuales la luz es emitida. Todas las lámparas tradicionales emiten cantidades bastante grandes de radiación UV e IR, las cuales (en especial la UV) contribuyen fuertemente a la degradación de los reflectores y de las protecciones (más allá de la radiación presente en la luz solar). Cuanto mayor sea esta degradación, menor será el factor LMF. Por otro lado, la radiación emitida atrae generalmente insectos, lo que contribuye también a la degradación del LMF. A eso podemos añadir la suciedad que se acumula naturalmente en las protecciones, con los mismos resultados prácticos.

En condiciones normales de funcionamiento, teniendo en cuenta su casi total independencia de las condiciones de funcionamiento, la tecnología LED presenta niveles de depreciación de flujo luminoso bastante reducidos, del orden del 1 a 2%. La tecnología HPS tiene depreciaciones de 20 a 30%.

En cuanto a la tasa de supervivencia, en el caso de la tecnología LED no se aplica. De hecho, como esta tecnología no presenta un final de vida catastrófico (o sea, los LEDs no se apagan por completo), ha sido necesario encontrar una nueva forma de cuantificar su tiempo de vida útil. La ASSIST (Alliance for Solid-State Illumination Systems Technologies) determinó que 70% es el limite máximo a partir del cual, es posible, al ojo humano detectar una reducción del flujo luminoso (está relacionado con la integración logarítmica de nuestro ojo, menos sensible en los niveles de flujo más elevado). Así, se quedo especificado que una reducción efectiva del 30% del flujo luminoso en relación al valor inicial define el fin del tiempo de vida útil de un LED. Dicho de otra manera, cuando se dice que un LED alcanzo el fin de vida a las 60.000H, estamos en la practica diciendo que tiene, aún, por lo menos 70% del flujo inicial de cuando fue conectado por primera vez. Actualmente, se trabaja con niveles de B10/L70, lo que corresponde a una reducción efectiva del flujo luminoso de 30% pero solo en 10% de los LEDs.

Por otro lado, como no emiten radiación UV ni IR, no damnifican las protecciones (solamente la luz solar podrá contribuir a ello) ni atraen insectos. Para la suciedad, se recurre a tratamiento anti-estático, minimizando de esta forma su efecto.

En resumen, el factor de mantenimiento es mucho más elevado en los sistemas de LED, rondando el 75 al 80%. Al contrario, en el caso de la tecnología HPS, el factor de mantenimiento ronda habitualmente el 45% (o aun menos, pudiendo llegar al 33%). Teniendo en cuenta la disparidad de valores, se traduce en un nivel de iluminación mucho más estable por parte de los LEDs en relación a los niveles iniciales y en una degradación acentuada por parte de la tecnología HPS. Dicho de otra manera, en un proyecto de iluminación, la utilización de la tecnología HPS obliga a su excesivo sobredimensionamiento, lo que se traduce en pérdidas energéticas innecesarias de forma a compensar la degradación acentuada y conseguir que se cumpla con los niveles especificados por las normas. Considerando un MF de 45% significa que es necesario más del doble de la energía desde el primer instante para que se pueda asegurar este factor de mantenimiento. Desde otra perspectiva, inicialmente son considerados niveles de iluminación muy superiores a los necesarios. Más allá del enorme desperdicio de energía que representa, esto solo contribuye para aumentar la incomodidad en la utilización de los espacios públicos iluminados de esta forma, puesto que se irán registrando variaciones acentuadas de los niveles de iluminación, lo que deteriora la calidad de la iluminación.

Mejor calidad de la iluminación

Una mejor calidad de la iluminación contribuye claramente al aumento de la seguridad vial (la percepción de la seguridad) y a un mayor confort de utilización de las vías públicas. La tecnología LED asegura una calidad de iluminación de nivel superior, basada fundamentalmente en un Índice de Reproducción Cromática (IRC) elevado (>75). Un nivel de IRC elevado permite una mejor percepción de los colores reales de los objetos y, en consecuencia, una mayor seguridad vial. Recomendamos la lectura del documento “Espectro luminoso optimizado”

 Este hecho resulta habitualmente en una reducción efectiva de la cantidad de la luz necesaria para iluminar el espacio pretendido, lo que se traduce también en una reducción del consumo energético. Es una de las razones por las cuales los proyectos de iluminación basados en las tecnologías tradicionales, en especial la HPS, recurren a un aumento efectivo de la potencia lumínica. De hecho, debido al valor reducido de IRC que presenta esta tecnología (IRC=23), este aumento es absolutamente necesario para compensar la mala calidad de la iluminación, lo que se traduce en un mayor incomodidad y dificultad en distinguir los objetos que nos rodean, aumentando de esta forma la sensación de inseguridad.

La tecnología LED presenta excelentes argumentos con vista a su utilización en la iluminación de espacios públicos, en especial la iluminación vial, contribuyendo de forma decisiva para un mundo más seguro, confortable y sostenible.